Enfoque manual por Laura Garza

Si los caminos se cierran, la comida falta, los niños comienzan a enfermar, la luz principia su ausencia y si no hay ayuda que llegue a tus manos, la opción de emprender un éxodo se convierte en lo único que hay que hacer.

Si al mirar para afuera de nuestra propia casa, el asfalto es limitado por fronteras y opresión habrá que mirar hacia el horizonte de mar salado y buscar la mejor corriente que nos lleve a donde podamos vivir en libertad y que los críos puedan comer.

La situación que viven muchos venezolanos es terrible y lamentable. La opción más viable y que miran con esperanza es subirse a lanchas viejas y oxidadas para aventurarse a la corriente del mar abierto y llegar a Trinidad y Tobago.

Ser resiliente queda corto con la decisión que estas mujeres eligen, llevando a sus hijos en brazos de meses, o en el regazo de unos cuantos años o adolescentes consigo.

La vida pareciera no ser siempre justa, no ser siempre humana y mucho menos al ver los rostros de temor de los pequeños por el bamboleo que las olas del mar provocan a la lancha vieja, y claro lo único seguro, solo son los brazos de su madre.

Más de veinte venezolanos decidieron partir en una lancha llamada “Mi recuerdo” y once de ellos fueron encontrados a 7 millas náuticas del lugar donde partieron, la marea, el viento, la inexperiencia, la lámina vieja y las rocas marcaron el desenlace para casi todos.

La embarcación partió de Güira con el destino de San Fernando en Trinidad y Tobago, unos reportan que con el objetivo de ir a trabajar y tener una mejor vida y otros, hablan de una posible red de trata de personas.

Hoy le muestro dos imágenes, una en donde vemos a un grupo de mujeres y niños al bordo de una lancha que es la fotografía que más circula en distintos medios venezolanos y extranjeros, porque al parecer no hay agencia que haya documentado este terrible suceso. Al menos no encontré nada en las más importantes.

Mire usted la mirada de la señora con chamarra azul, su ceño fruncido, su miedo visible, su mano que funge como apoyo para sostenerse a ella y a su hija. ¿Cuánto pesará el terror de madre al saberse en peligro junto al cuerpo de su pequeña en brazos?

A un lado de ella, vemos a un niño pequeño en brazos de su madre, a quien no le vemos la cara, solo su espalda, lo sostiene en su cuerpo para mantenerlo a salvo; veo el rostro del pequeño y pienso que no es tan difícil entender que subirse allí ante la bravura del mar le hace sentir un miedo absoluto, la ansiedad que solo calma el pecho de mamá.

Las mujeres buscan por todas partes encontrar un poco de estabilidad para calmarse ellas y por ende, a los pequeños. Miran el mar con la propia encrucijada entre la desconfianza y la esperanza que serán esas olas quienes las lleven a un mejor puerto.

Es la niña de blusa rosa, tapada con una manta que no despista su susto, y su negación a partir. Bien dicen que los niños dicen la verdad, y en esta foto ellos gritan en sus rostros, lo que sus madres callan por mostrar la valentía de super heróinas que hacen lo que hacen por ellos, por darles alimento y una mejor vida.

Qué difícil.

Allí están, enfundándose en valor y bravura.

El trabajo foto periodístico de quienes acuden a las fronteras y a países en conflicto a documentar cómo la gente decide escapar de sus tierras, de sus gobernantes, de sus vecinos, de los hombres que las lastiman por idear un mundo mejor en otras tierras donde no conocen a nadie, donde no tienen nada y donde no saben fielmente si lograrán tan solo cruzar de un país a otro, siempre se valorará.

No solo es la frontera México- Estados Unidos o las aguas del mar Mediterráneo quienes testifican la muerte cruda y despiadada de hombres, mujeres, padres, madres y niños.

Recordemos al chiquito Aylan Kurdi de tres añitos que fue encontrado muerto en una playa de Turquía, gracias a que el mar lo expulsó y lo entregó en una ligera señal de la brutalidad humana, esa que se enviste en camisa blanca, cuello almidonado, corbata y traje y divide países, cierra oportunidades y mira morir a la gente con la frialdad de alguien inhumano.

Así la segunda foto que les presento hoy, un chiquito que creyó enteramente en su madre, en su padre, en sus tíos, en sus abuelos que iría a un mejor lugar, que estaría en una isla donde ya no le alcanzaría el hambre y el frío.

La imagen la rescato de redes sociales en donde autoridades que fueron encontrando los cuerpos en mar abierto. Apenas embarcaban todos el 6 de diciembre, y el propio mar no les permitió el paso a tan solo horas de haber zarpado.

Esa nueva capacidad que da el tener teléfonos inteligentes que son más cámaras que teléfonos, que le da a cualquiera a fotografiar cuerpos sin vida.

No hay ojos que puedan fotografiar tragedias así sin pensar en el dolor y el momento en que cayeron al mar y no encontraron salvación. No la hay, por eso es que en situaciones de crisis humanitarias quien va y documenta se lleva premios a su entereza para digerir la muerte y la esperanza terminada.

Me parece curioso que las imágenes de inmigrantes de otro continente circulen con mayor facilidad, mientras que habiendo tantos casos desde el año pasado de venezolanos que han huido en lanchas, no sepamos nada.

Una lancha vieja no fue capaz de sostener más de veinte vidas valientes que decidieron huir por el único camino que nadie les bloqueaba.

Una verdadera tragedia humana.



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